Zahar…
El beso no había terminado de morir en mis labios cuando el carraspeo nos interrumpió. Como una daga sutil, pero precisa. Me separé de Kereem con los pulmones apretados, con la boca aun palpitando por lo que acababa de pasar, pero no era el rubor en mis mejillas lo que me encendía por dentro, sino la tensión brutal que se instaló al ver la figura a unos metros de mí.
—Víctor —estaba de pie, con el rostro serio, y su postura, casi perfecta.
Me levanté enseguida, él estaba a solo metros de