Kereem…
La respiración me quemaba, no en los pulmones, ni en la garganta, sino en la carne, en el alma.
Pasé un trago duro porque, el beso aún me ardía en la boca, sus labios aun estaban en los míos, cuando escuché ese maldito carraspeo.
Y cuando escuché que ella pronunció su nombre, su voz se clavó en mi mente como un hierro candente. No porque me sorprendiera que estuviera allí, sino por la forma en que la miraba a Zahar. Como si él tuviera algún put+ derecho, ese hijo de puta se atrevía a mi