El silencio en la suite era un reflejo palpable del caos interno que Kereem experimentaban. Ahora eran las cinco de la mañana y él permanecía en un sillón frente a Sanem, observándola dormir.
Dio una calada a su puro y lo aspiró tanto como pudo.
Sanem había llorado horas, ella se había quedo dormida en sus brazos, y aunque ya no escuchaba sus sollozos, sus entrañas podían sentirlos.
Nunca había sentido tanta impotencia, nunca se había sentido tan atado como ahora, pero antes de que generara c