CAPÍTULO 40
El silencio en la suite era un reflejo palpable del caos interno que Kereem experimentaban. Ahora eran las cinco de la mañana y él permanecía en un sillón frente a Sanem, observándola dormir.

Dio una calada a su puro y lo aspiró tanto como pudo.

Sanem había llorado horas, ella se había quedo dormida en sus brazos, y aunque ya no escuchaba sus sollozos, sus entrañas podían sentirlos.

Nunca había sentido tanta impotencia, nunca se había sentido tan atado como ahora, pero antes de que generara c
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