El impacto de las palabras del médico reverberó en la habitación con una intensidad que dejaba el aire cargado de tensión y desesperación. Kereem, con la mirada endurecida por la furia y el miedo, se volvió hacia Sanem, cuyas lágrimas ahora fluían libremente, marcando ríos de angustia en su rostro. La incredulidad y el horror se entrelazaban en sus expresiones mientras asimilaban la cruel realidad de que alguien había estado atentando contra la vida de Sanem de la manera más vil y traicionera,