Kereem observó cómo Asad salió de su despacho, y comenzó a revisar de nuevo el iPad.
Revisó las fotos de Zahar de niña, y esa foto donde aparecía con su madre.
“Nunca ha tenido buena relación con su padre”.
“Señor, yo solo quiero irme de Arabia, necesito la firma de ustedes”.
Él dejó el aparato en la mesa, se recostó a su sillón, y las llamadas comenzaron a sonar en su teléfono gubernamental, pero él solo tenía la mirada fija en el techo dorado y decorado.
La noche anterior saltó por sus ojos