Zahar…
Cuando llegamos a la mansión de Eduardo II, el silencio se sentía como una soga al cuello. Las luces exteriores iluminaban el portón imponente, y las cámaras giraban discretas, como si todo Londres estuviera mirando.
A Kendra fue la primera que sacaron y no sé a dónde la llevaron con rapidez tras su herida.
Entonces Kereem llevó la mano al seguro de la puerta, pero yo lo detuve.
—No —dije con voz firme, sujetando su muñeca—. Espera…
Me miró con esa seriedad serena que solo él sabía usar