Kereem…
El reloj marcaba una hora indecente para estas reuniones, pero yo seguía ahí, sentado frente a Eduardo, con los nudillos golpeando ligeramente la mesa, midiendo el pulso del ambiente. Habíamos hablado lo suficiente como para saber que la noche aún no terminaba, y que lo peor estaba por venir.
El eco de la mansión era casi molesto en su silencio, y entonces, el sonido de un auto entrando rompió la calma. Los pasos rápidos de alguien acostumbrado a no ser citado a estas horas resonaron h