Kereem…
Eduardo había logrado lo que pocos podían hacer: sostener el equilibrio entre dos hombres con más pólvora que paciencia. Después de ese último silencio, fue él quien habló con voz medida, como si supiera que cualquier palabra mal puesta podría encender otra vez la mecha.
Se frotó sus manos, como si la fricción pudiera apagar el incendio que todavía chisporroteaba entre Víctor y yo, y soltó el aliento con calma después de tener más de 10 discusiones conjuntas.
—Bien —dijo al fin—. Aquí n