Kereem
Tres días pasaron, y esta mañana no fue diferente. Tenía un dolor de cabeza abismal que me llegaba a los ojos, y parecía que todo me caía encima como una condena. No había dormido más de tres horas, y, aun así, mi cuerpo se movía con la inercia de la costumbre.
Vestí un traje gris oscuro, ajusté el nudo de la corbata frente al espejo, pero lo único que vi al otro lado del cristal fue la sombra de un hombre que ya no reconocía del todo.
Me tenía que reunir con Emré y Asad, en solo unos dí