La botella se le resbaló de las manos y cayó con un suave golpe sobre la encimera. Sintió un nudo en la garganta mientras se giraba, con los ojos muy abiertos.
Leo.
Estaba de pie en el umbral de la cocina, apoyado despreocupadamente en el marco, con una leve sonrisa cómplice en los labios. Sus ojos oscuros la miraban fijamente, con esa misma mirada depredadora que ya había visto, como si disfrutara viéndola retorcerse.
—¡Dios mío, Leo! —exclamó, agarrándose a la encimera para no caerse. El puls