El aire dentro de la estancia se congeló en un silencio sofocante, roto únicamente por la respiración agitada de Darek y el murmullo lejano del viento invernal fuera del bastión.
La hoja de la daga de Kaelia brillaba con un reflejo dorado bajo la luz tenue de la habitación. Sus ojos de azul intenso no mostraron un solo rasgo de duda; estaba lista para atravesar el corazón del Rey Alfa si daba un solo paso hacia sus hijos.
A sus espaldas, Ares colocó instintivamente su mano sobre la espalda de F