La luz del mediodía filtrada por las cortinas pesadas del Apex pintaba franjas doradas sobre la cama deshecha. Ivanka yacía boca arriba, los ojos azules fijos en el techo blanco, como si buscara respuestas en las imperfecciones del yeso. El desayuno y la pesada conversación habían dejado un silencio denso, pero no incómodo. Gabrielle estaba recostado de lado junto a ella, apoyado en un codo, la cabeza descansando en la mano. Su mirada gris, intensa y desprovista de la burla habitual, recorría e