La luz filtrada por las gruesas cortinas del hotel Apex bañaba la suite en una penumbra cálida y ajena. Ivanka Volkova despertó lentamente, sumergida en una niebla de agotamiento que pesaba sobre sus huesos como plomo. Su mente estaba vacía, solo un zumbido sordo y la sensación de un calor sólido contra su costado. Instintivamente, buscando consuelo en el sueño, se acurrucó más contra esa fuente de calor, enterrando la nariz en una superficie firme y cálida que olía a jabón masculino, cuero y a