La luz del atardecer filtrándose por las gruesas cortinas del Moskva Hotel pintaba franjas doradas y largas sombras sobre la alfombra persa.
Ivanka yacía en la cama, envuelta en una bata de seda negra, el cabello húmedo y revuelto tras una ducha que no había lavado nada, solo había desplazado la suciedad de la piel a un pantano interior más profundo. Estaba vacía. Agotada. Las lágrimas se habían secado horas antes, dejando solo una sensación de peso de plomo en los huesos y un dolor sordo, pers