La residencia del coronel Marcus Hale no era una fortaleza. Era un lujoso apartamento en un edificio de alta seguridad en el corazón de lo que había sido el distrito diplomático, ahora un barrio fantasma bajo el toque de queda militar. Las luces de la ciudad, apagadas por el conflicto, dejaban solo la tenue iluminación de las estrellas y los lejanos incendios filtrándose por los ventanales panorámicos.
La entrada fue un relámpago de violencia silenciosa y eficiencia. Serguéi, convertido en una