La luz azulada de la pantalla del portátil de Aston cortaba la penumbra del despacho, proyectando sombras danzantes sobre el rostro de Ivanka.
Estaba acurrucada en el trono de ébano, abrazándose las piernas contra el pecho, la camisa negra de Gianni envolviéndola como una segunda piel demasiado grande. Las noticias se sucedían en una letanía macabra, cada titular un martillazo en su ya resquebrajado espíritu:
— EL MUNDO DEL PATINAJE EN ZOZOBRA: Tras el cruel asesinato del entrenador Yuri Smirno