La habitación de Ivanka era una burbuja de penumbra acogedora, alejada del frío petersburgués y las tramas de sangre que se tejían en la oscuridad.
Gianni yacía recostado contra ella, su cabeza pesada sobre su regazo, sus músculos, por una vez, no estaban tensos, sino relajados bajo el suave trazo de sus dedos en su cabello oscuro.
Hablaban de cosas sin peso: la absurda escultura de hielo en el jardín, la forma caprichosa de una nube que Ivanka juró haber visto desde la ventana al atardecer. Era