El viaje de regreso a casa fue silencioso. No un silencio cómodo, o tenso, o pensativo. Era un silencio helado, como si el aire dentro del auto se hubiera congelado y cada palabra podría hacerlo estallar en mil pedazos cortantes.
Gael conducía, su perfil era una línea dura recortada contra las luces de la calle. La sangre en su brazo se había secado, formando una mancha oscura y rugosa en la manga de la camisa. Ni siquiera se la había vendado. Parecía no sentir nada. O sentir demasiado, y ésta