Me desperté a media noche, en una cama demasiado grande, en una habitación demasiado silenciosa. El espacio a mi lado estaba frío, vacío. No había rastro de él. Ni una arruga en la almohada, ni un olor a su colonia en las sábanas. Nada.
Él estaba en el estudio. A solo unos pasos de distancia. Podría haber sido un océano entero.
Las lágrimas llegaron sin permiso. Silenciosas, calientes, rodando por mis sienes hasta empapar la almohada. No era solo tristeza. Era rabia. Era frustración. Era ese nu