Me desperté a media noche, en una cama demasiado grande, en una habitación demasiado silenciosa. El espacio a mi lado estaba frío, vacío. No había rastro de él. Ni una arruga en la almohada, ni un olor a su colonia en las sábanas. Nada.
Él estaba en el estudio. A solo unos pasos de distancia. Podría haber sido un océano entero.
Las lágrimas llegaron sin permiso. Silenciosas, calientes, rodando por mis sienes hasta empapar la almohada. No era solo tristeza. Era rabia. Era frustración. Era ese nudo en la garganta que llevaba días apretándose cada vez que lo veía alejarse con esa mirada de cristal roto.
No podía más.
Me levanté. Me puse la bata sobre los pijamas, sin importarme cómo me viera. Los pies descalzos sobre la madera fría del pasillo me hicieron estremecer. La casa estaba a oscuras, en ese silencio pesado de la madrugada donde todo duele más.
La luz bajo la puerta del estudio era una línea amarilla y delgada. Toqué, pero no esperé respuesta. Empujé.
Gael estaba sentado en el so