La primera sensación fue la luz.
Blanca, filtraba por mis párpados cerrados, insistente como una pregunta. Luego el olor: desinfectante, hospital, ese aroma que ya conocía demasiado bien. Y después, el dolor. No el dolor agudo de antes, sino un recuerdo sordo, un eco en el vientre que me hizo abrir los ojos de golpe.
—¡El bebé!
Mi propia voz sonó ronca, extraña. Las manos volaron a mi vientre, buscando, palpando, necesitando sentir…
—Está bien.
La voz de Gael. Rota. Cansada. Pero ahí.
Giré la c