La noche cayó sobre nosotros como un telón.
Después de la llamada, Gael no dijo nada más. Solo me tomó de la mano y me llevó dentro de la casa, con ese cuidado que había aprendido a tener conmigo desde el hospital. Como si fuera a romperme si me apretaba demasiado fuerte.
El bebé estaba moviéndose muy inquieto, como si también sintiera que algo había cambiado en el aire.
Gael me sentó en el sofá, puso una manta sobre mis piernas —siempre con las mantas, siempre con el té, desde lo del sangra