116: Lucha de Titanes

El auto no podía ir más rápido. O sí podía, pero era mi corazón el que no daba abasto.

Gael seguía sin contestar. Llamé tres veces, cuatro. Nada. Solo el vacío frío del tono, rebotando contra mi pecho.

—Al próximo semáforo me bajo —dije al conductor, y mi voz sonó tan firme que hasta yo me sorprendí.

—Señora, las órdenes de Gael son…

—Gael no está contestando el teléfono —corté—. Así que ahora las órdenes las doy yo.

El hombre dudó un segundo. Luego giró el volante.

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La mansión Hendrix apare
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