El mapa estaba desplegado sobre la mesa, pero ninguno de los dos lo miraba.
Gael tenía los ojos fijos en mí.
—No tienes que hacer esto —dijo, por tercera vez.
—Sí tengo —respondí, también por tercera vez—. Él espera verme sola, asustada, llevándole un collar. Si no voy, sospechará. Si voy yo, todo se siente real.
—Porque es real —su mandíbula se tensó—. Es peligroso.
—Por eso mismo tengo que hacerlo.
Sebastián carraspeó desde la esquina, su laptop abierta mostrando cuatro ángulos de cámara en