La caída de Aldrick dejó un silencio extraño.
Gael estaba inquieto. No se sentaba. Recorría la sala, revisaba las pantallas, miraba por la ventana con una inseguridad que no había mostrado ni cuando nos perseguían. Era como si esperara algo. O a alguien.
—¿Qué pasa? —le pregunté finalmente, cuando Sebastián y Valeria se retiraron a otra habitación a discutir la estrategia legal con el testimonio de Jacinto.
Él se detuvo, sus manos en los bolsillos.
—Un árbol no cae sin hacer ruido—dijo, enigmá