Para el encuentro, Helena eligió un salón de té en un hotel antiguo, de esos que huelen a madera.
Gael accedió a que yo fuera. “Eres mi esposa”, dijo, sin dar más explicaciones.
Nos sentamos en un reservado en la parte trasera. La mesa era pequeña, de caoba oscura. Helena llegó exactamente a la hora, como si hubiera estado esperando tras una columna. Llevaba un vestido color vino tinto, sencillo pero que hablaba de dinero. Su perfume era discreto, amaderado. Todo en ella era pensado para no so