Las luces blancas del Spa Luna parecían hoy más frías, más despiadadas. Aitana sentía que todos a su alrededor la miraban con ojos de sospecha: los espejos del pasillo, los frascos de esmalte alineados en la repisa, hasta las toallas blancas dobladas con precisión quirúrgica.
Sus piernas estaban pesadas. No por el turno, no por las ocho horas sin descanso... sino por todo lo que estaba cargando.
La mañana había empezado con la gerente llamándola a la pequeña oficina del fondo, donde el aroma al