Capítulo 96. Buscando rastros.
Casa de Bruno, Polanco. 05:15 AM.
La madrugada en la Ciudad de México tenía un peso específico, una densidad que aplastaba los pulmones. En la sala de la casa de Bruno, el aire estaba viciado por el olor a café quemado, alcohol medicinal y miedo rancio.
Bruno no se había movido del sofá. La morfina le había quitado el filo agudo del dolor físico, dejándole un zumbido sordo en el pecho, pero su mente luchaba por mantenerse a flote en medio de la neblina química. Miraba la pantalla apagada del televisor gigante como si fuera un oráculo negro que se negaba a darle respuestas.
Victoria estaba en la cocina, hablando en voz baja por teléfono con sus propios contactos en la fiscalía, intentando mover hilos legales que a esa hora estaban atados por la burocracia y la corrupción.
Todo parecía estancado. Muerto.
Hasta que la puerta principal se abrió de golpe.
David entró. No traía armas en las manos, sino una laptop robusta, de grado militar, manchada de gotas de lluvia. Su rostro, habitualmen