Capítulo 137. La cicatriz del perdón.

Habitación principal. Residencia Ávalos.

El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por la respiración rítmica de ellos dos. Aunque la luz del sol comenzaba a teñir el cielo de un azul pálido afuera, dentro de las sábanas de seda, la atmósfera era densa, cargada de una intimidad que iba más allá de lo físico.

Bruno Ávalos no estaba dormido. Estaba recostado sobre su lado, con el torso desnudo, observando a la mujer que dormía frente a él. Trazó con la yema del dedo, apenas rozando la piel, la línea de la mandíbula de Victoria.

Ella abrió los ojos lentamente. No hubo sobresalto, solo el reconocimiento inmediato de su mirada oscura y pesada sobre ella.

—Deja de pensar tan fuerte, Ávalos —susurró ella con voz ronca por el sueño—. Haces ruido.

Bruno no sonrió. Su expresión era grave, torturada, la misma que tenía cuando miraba los documentos de sus peores errores financieros, pero mil veces más intensa.

—A veces me despierto y espero no encontrarte aquí —confesó Bruno con voz
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