Capítulo 10. Una mujer de poder.

Tres semanas después.

Sala de juntas de la Torre Ávalos.

El reflejo que devolvía el cristal ahumado del ascensor privado no era el de Camila Ávalos. O al menos, no el de la Camila que había existido hasta hacía veinte días. Esa chica, que le gustaba usar colores pastel y sonreía con timidez, había muerto. La mujer que estaba de pie en la cabina de acero inoxidable, ascendiendo hacia el piso cuarenta, era una extraña vestida de luto riguroso.

Llevaba un vestido negro de corte sastre, impecable,
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