25. El punto donde ya no hay regreso.
La tarde se desliza con una lentitud incómoda, como si cada minuto pesara más desde que entendemos que lo que ocurre no es una cadena de errores sino un movimiento pensado con precisión, y aun así me obligo a sostener el ritmo del trabajo con una atención casi rígida, porque es lo único que evita que mi mente regrese una y otra vez a lo que pasó hace unas horas, a ese instante en su oficina que todavía permanece demasiado presente como para ignorarlo.
Mantengo la vista fija en la pantalla, revi