—¿Dónde estamos? —Intenté cambiar el tema, con las mejillas sonrojadas.
Me causaba vergüenza que estuviera actuando de esta forma después de haber maldecido su nombre unas mil veces como mínimo a lo largo de los años, pero a él poco parecía importarle. Sus manos me buscaban, acariciando mi piel por encima de la tela, estrechando su cuerpo contra el mío. Algo me decía que quería profundizar aún más, ir más lejos. Pero en este pequeño espacio, huyendo de su padre, era difícil sentirme cómoda.