Todo el bendito día los empleados han estado entrando a la habitación con bolsas de distintas marcas. Han destrozado el Vestier, reemplazando mi ropa por los conjuntos costosos que ellos traían. Mis dos pares de zapatos desgastados, fueron desechados cuando estaba distraída y en su lugar, ahora tenía una decena de tacones que no sabía manejar. Y la joyería… Bueno, me gustaría decir que botaron las mías para hacerles espacio a las nuevas, pero en primer lugar, yo no poseía joyería alguna.
Una de las sirvientas llevaba consigo la camisa holgada y vieja que usaba la mayoría de las noches para dormir con Connor. Mi mayor protección espanta hombres.
—Eso es mío y no tiene permitirlo botarlo —Lo tomé, doblándolo cuidadosamente.
La mujer asintió y se retiró.
—Me está costando una barbaridad deshacerse de ese trapo viejo —dijo una voz a mis espaldas.
Al voltear, ahí estaba Connor, en el marco de la puerta, sosteniendo un vaso con una especie de líquido amarillento.
—Es mi armadura para