No podía creer que tuviera que leer un libro de etiqueta más grueso que mi rostro.
¿Por qué esa gente tenía tantas reglas? ¿No les gustaba ser felices y ya?
Pasaba página tras página. Y lo peor es que se enfrascaban demasiado en un solo tema. ¿Cómo los modales en la mesa podían llevarse veinte páginas? Estaban dementes.
Me masajeé las sienes mientras Scott me servía un té para relajarme. Aunque no creía posible que sucediera. ¿Cómo Connor podía pensar qué era una buena idea presentarme como su esposa cuando era una vil mentira?
—Era una muy mala idea —murmuré.
—¿Dijo algo, mi señora? —Scott habló con delicadeza—. La veo muy preocupada.
Suspiré.
—Es que me preocupa como debo actuar ante el círculo social de Connor ahora que soy su esposa —contesté, mirando a la nada.
Un sonido quebradizo me trajo a la realidad.
Mis ojos fueron a la tetera hecha trizas en el suelo, pero lo más impresionante era Scott, el cual estaba completamente ajeno a lo sucedido, como si no importará que el