Cuando me dijo que le rendiría cuentas con mi cuerpo, por mi mente pasaron muchas, muchas cosas indebidas, pecaminosas y que me prometí no volver a hacer con él. Me avergonzó lo que mi mente recreaba y me reprendí a mí misma por tal debilidad.
Pero, lo que más me avergonzaba era que… Mi cabeza había imaginado mal.
¡Cochina mente!
En verdad me había traído a su empresa.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunté lo obvio, observando el enorme edificio que estaba ante mí, imponente y lujoso.
Nunca había entrado.
—Vas a trabajar —dijo como si nada.
¿Qué clase de trabajo podría conseguir en un lugar como este? ¿Me pondría a limpiar el baño con la lengua?
Porque de otro modo, no estaba calificada. En la empresa Ronchester se necesita un buen título hasta para ser el chico de los recados o encargarse de la fotocopiadora. Y yo, lastimosamente, no poseía ningún título universitario.
El tirano de cabello rojo avanzó, y no pude hacer más que suspirar y seguirlo, aceptando el destino que haya planead