Los siguientes días fueron pacíficos… los más pacíficos que he llegado a tener desde hace mucho. Era raro no tener que preocuparme por rendir la comida para que dure un mes, dividir mi sueldo entre gastos personales, el hospital y los prestamistas, pensar en nuevas formas de ahorrar dinero, lo cual significaba disminuir la cantidad de champú, el agua que usaba, el gas, etc.
Era como si un peso se hubiera retirado de mis hombros. Claro, adquirí nuevos problemas, pero me sentía más ligera al quitarme los viejos.
—Como siempre, cocinas delicioso, mi vida —dijo mi papá, saboreando la carne sazonada que preparé en la cocina de Connor a pesar de que la cocinera insistía en hacerlo ella—. Aunque creo que es lo mejor que has preparado hasta el día de hoy.
—Muchas gracias, papá —Sonreí, evitando mencionar que era debido a la exorbitante cantidad de especias que le eché y que ni en sueños hubiera podido comprar en otras circunstancias.
—¿Y cuándo me lo vas a presentar?
—¿El qué? —E