—Abre grande la boca —dije, haciendo un gesto para que me imitará—. Así, mira.
—Señora Ronchester, yo puedo comer solo. Me dispararon en el estómago, no en las manos. Le agradezco, pero…
No dejé que terminara la oración. Aproveché que hablaba para introducirle la cuchara en la boca, con la deliciosa papilla de auyama que yo misma preparé. Sus cuidados alimenticios debían seguirle al pie de la letra, no solo por la herida de bala, sino también porque le removieron parte del estómago.
Su estil