La miré. Estaba pálida, demacrada, como si hubiera regresado a aquella etapa en la que se quedaba mirando el vacío, perdida, llena de preocupaciones. Pero había algo diferente, sus ojos ardían con el mismo fuego que los míos.
Se encontraba abatida por la posibilidad de haber perdido a nuestra hija, pero aún algo ardía. Aún no se quería rendir y yo tampoco.
—Entonces vamos —dije, tomándola de la mano.
Le prometí que estaríamos juntos, que superaríamos esto juntos. Y era verdad. Ahora, encontrar