La alarma no cesaba. Su sonido estridente llenaba cada rincón del hospital, mezclándose con mis propios latidos. Las puertas se cerraban automáticamente, una tras otra, como jaulas cayendo. El hospital se había convertido en una prisión.
Y pese a que Connor no me había dado respuesta alguna, yo sabía que esto era una trampa de Maricela. Esa enfermera… seguro trabajaba para ella.
Quería arrancarme el cabello a cuajos, incapaz de soportar el hecho de que mi bebé estuviera en manos de esa víbora