Me ofrecí a ayudarlo y él no le quedó más opción que aceptarlo a regañadientes, insistiéndome repetidas veces que podía irme a descansar a la habitación, pero yo no quería. Quería ayudarlo, pero al parecer, mi decisión no había sido la mejor, porque lo último que estaba haciendo era ayudarlo.
Me encontraba contra su escritorio, mis manos apoyadas en el metal como soporte, impidiendo que mi vientre hiciera contacto. Mis piernas habían sido separadas por las suyas, mi ropa interior enredada en u