—Connor… —sollocé, pero el brazo del empleado se ajustó en mi cuello, provocando que tosiera.
Llevé una de mis manos ensangrentadas a las mangas de su camisa, esperando que me soltara, que me diera una tregua, que al menos disminuyera la presión en mi tráquea para no sentirme ahogada.
El hombre de cabello rojizo agrandó los ojos, detallándome de pies a cabeza, deteniéndose principalmente en la mancha carmesí en mis rodillas.
—Esa sangre… —Dio un paso al frente por instinto, como si se sintie