El aroma a café recién molido y pastas dulces llenaba la cafetería, pero Jade apenas lo percibía.
Sentada junto a la ventana, observaba la calle bulliciosa, los transeúntes yendo y viniendo, ajenos a la tormenta que se gestaba en su interior. La taza de té de manzanilla frente a ella permanecía intacta. Sus manos, entrelazadas sobre la mesa, temblaban ligeramente. Había llamado, esa súplica desesperada que le dijo con la voz más quebrada que tuvo, a la única persona que, en su mente, poseía el