El aire en el salón privado del Santuario de la Noche vibraba con la tensión que se tejía entre Jade y Hywell.
Los cuerpos de Robert y Jade se movían en una danza desesperada de desafío y placer, mientras los ojos de Jade, ardientes de odio, permanecían fijos en la figura de Hywell al otro lado del salón. Él le devolvía la mirada, su sonrisa gélida, una promesa silenciosa de que esta batalla aún no había terminado.
Robert, ajeno a la guerra silenciosa que libraban, se perdía en la intensidad de