La mansión era ahora una jaula más que nunca.
Los días de Jade transcurrían entre las paredes de su habitación y los pocos espacios comunes a los que Hywell le permitía acceso. Cada puerta, cada ventana, parecía observarla. El personal antiguo había sido reemplazado por rostros nuevos, inexpresivos, que se movían como sombras, cumpliendo órdenes sin una palabra de más. Eran los ojos y los oídos de Hywell, su personal de vigilancia.
Jade sentía su aliento en la nuca incluso cuando estaba sola.
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