El eco del disparo se disipó, dejando un silencio más pesado, más opresivo que cualquier grito.
El humo de la pólvora se arremolinaba en el aire, picando la garganta de los invitados, dejando un velo fantasmagórico sobre el horror que se había desatado. Los invitados se quedaron inmóviles, como estatuas de terror, sus ojos clavados en Hywell, que aún sostenía el arma humeante con una expresión de furia y un asombro brutalmente repentino.
El socio, con el labio partido y la respiración agitada,