La mañana transcurrió para Jade en una neblina de humillación y terror. Después del desayuno, donde Hywell había saboreado cada palabra de su confesión, la había enviado a sus usuales tareas de gestión de la casa, pero la mirada de todos los sirvientes, aunque discreta, se sentía como un reproche.
El aire mismo de la mansión parecía haberse vuelto más pesado, cargado con el conocimiento del amo. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los de algún empleado, Jade imaginaba que sabían de su debilid