Después de que Jade se fue a su habitación, Hywell se sentó en su despacho, y la copa de brandy en su mano giraba perezosamente. La música del piano aún resonaba en sus oídos, no por su belleza, sino por la furia contenida que Jade había proyectado en cada nota. La había observado desde el principio de la noche, cada pequeño temblor, cada sonrojo, cada vez que sus ojos se desviaban de los suyos. Él era un experto en leer a las personas, y Jade, con su alma recién agitada, era un libro abierto.