El sol se alzaba perezosamente sobre las aguas, tiñendo el cielo de naranjas y rosas suaves. El aire, fresco y salado era un contraste con el sofocante lujo de la suite del hotel. Jade, vestida con un sencillo, pero elegante vestido de lino blanco, se encontraba sentada en la cubierta superior del yate de Hywell.
La brisa marina jugaba con mechones de su cabello, pero no traía consuelo a su espíritu ni a su corazón. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, donde el sol prometía un nuevo día que,