El desafío de Jade, "Pruébame, maldito Hywell, y gánate mi puto perdón", resonó en el gran salón de la mansión. La tanga de encaje, un pequeño trozo de audacia, yacía en el suelo junto al vestido rojo escarlata, una prueba tangible de la apuesta que Jade acababa de lanzar. Hywell la miraba con una intensidad devoradora, su cuerpo tenso, cada fibra de su ser ansiosa por responder al desafío.
La siguiente hora se desdibujó en una vorágine de sensaciones para Jade. Hywell no perdió el tiempo con p