La tarjeta negra y el vestido rojo escarlata eran más que simples objetos; eran el uniforme para una noche de confrontación y curiosidad. Jade había pasado las últimas horas transformándose, el pánico y la indecisión dando paso a una audacia calculada.
Su reflejo en el espejo, con el vestido que se ceñía a sus curvas y el diminuto liguero de encaje por debajo, la hizo sentirse poderosa, una mujer en control de su propia narrativa. La pregunta sobre el sexo, susurrada a su propio reflejo, seguía