La mansión de Hywell en Los Ángeles estaba envuelta en una atmósfera de lujo y expectación. El camino de pétalos, el fuego en la chimenea y la mesa para dos esperaban a Jade, quien, vestida con su deslumbrante traje rojo, se sentía una mezcla de audacia y nerviosismo. Hywell la había recibido con una cortesía inesperada, sus ojos revelando una admiración que la había dejado sin aliento.
La noche se había transformado en un juego de seducción silenciosa, con el aire cargado de una tensión innega